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Crítica

Extraña belleza
Me parece extraordinario que se haya hecho posible esta ópera de cámara contemporánea. Es el fruto del encuentro entre las compañías valencianas Músics de l’Anomalia y Zozobra Teatro. El reto era abordar el género de la ópera pero, además, original y en valenciano. Ya era hora. Porque si bien se va haciendo habitual que haya cada vez más una actividad teatral y dancística enrolada en nuevos lenguajes, y en renovadas formas de llegar a escena, la ópera también debiera entrar en este ambiente que se va denominando teatro del siglo XXI.
El espectáculo es una muestra de las posibilidades que se abren si rompemos las formas tradicionales, sobre todo la consideración de la ópera como un espectáculo monumental. No, puede ser también pequeño, de cámara. Sin ir muy lejos, porque siempre es una delicia oír a cantantes a pocos metros. Y si a eso le añadimos, como ocurre en este montaje, una música (Àlex Andrés) rica en la transmisión de sentimientos, la cosa tendrá un buen comienzo.
El libreto está embadurnado de un lenguaje y atmósfera de nuevas escrituras, es decir, con el planteamiento de una situación cotidiana llena de cargas de profundidad. En este caso se demuestra, poéticamente, que las mariposas no causan los grandes desastres, sino nosotros mismos. Una pareja que, sin saber por qué (su deseo) y sin que cambien las tornas habituales, entra en crisis. La que dibuja, ciñe y marca una música desvelada, nocturna y melancólica.
La puesta en escena de Juan Romero ha buscado la desnudez, los movimientos claros y precisos, escultóricos, al ritmo de la señalada música, intensa y penetrante, y hacia la búsqueda de una especie de hipnosis, la que sufren unos personajes, unos cantantes (la soprano Estrella Estévez y el barítono Joan Valldecabres) que utilizan mejor sus voces que su capacidad interpretativa. Pero ponen sentimiento. Podríamos pedir que ocurrieran más efectos en escena, que se rompiera cierta monotonía en las canciones; pero hay que dar la enhorabuena por la idea de esta experiencia.

Enrique Herreras (Levante, 14/04/2008)

Digresión a la actualidad
Hoy por hoy, hablar en Valencia de ópera equivale a hablar del Palau de les Arts, de producciones nuevas, de títulos de repertorio, de cantantes en boga, de aclamados directores, de escenógrafos que han recorrido medio mundo, etc. Es lo que Lachenmann denomina el “aparato estético”, refiriéndose a la maquinaria técnico-administrativa que actúa entre bastidores, y a la que el compositor alemán también atribuye el poder de determinar el gusto del público. Es lo que se obtiene al pagar y asistir a un acto multitudinario que se reviste de glamour y se celebra a sí mismo en una ceremonia laica a la vez que religiosa, donde Dios es el director, o mejor dicho, el director es Dios, los cantantes venerados héroes que ascienden al Olimpo y el coro y la orquesta la imprescindible prole. Es lo que, en resumidas cuentas, se nos presenta una y otra vez en bandeja plateada como última novedad.
Entre tanto, hay quien osa montar una ópera con un presupuesto irrisorio en comparación con el caché de cualquier divo internacional a fin de contar una historia quizá no tan novedosa, pero sí de máxima actualidad: Él y Ella forman una pareja y viven juntos. Ambos trabajan. Por las noches coinciden en casa, pero no tienen nada que contarse. Sumidos en una profunda crisis carecen del valor necesario para afrontarla. “ALES (Allò que realment desitgem acaba succeint)” es el título de la ópera en cuestión del compositor y pianista valenciano Àlex Andrés (1973), fundador del ensemble Músics de l’Anomalia, y del autor y director Emilio Encabo Lucini (Madrid, 1973), creador a su vez de la compañía Zozobra Teatro. Al igual que en las obras de Beckett, los diálogos elocuentemente cantados en valenciano por Estrella Estévez y Joan Valldecabres carecían de sustancia y rayaban en el absurdo. La precariedad de los recursos escénicos y el talante de una música que el propio Andrés califica de “insomne i nocturna” resaltaron la también precaria situación de la pareja, su impotencia, su vano esfuerzo por comportarse como si nada sucediera. El lenguaje sonoro mayoritariamente atonal, la división del escenario en dos recintos casi simétricos, ella a la izquierda, él a la derecha, fueron determinantes para captar el ambiente enrarecido, producto de una incomunicación muchas veces real. En “ALES” no cabían los grandes gestos dramáticos capaces de embaucar al espectador por su belleza plástica, expuestos en conmovedoras líneas belcantianas, en poderosos tuttis, ya de por sí inútiles con sólo cinco músicos, sino que la trama se desarrollaba subcutáneamente e invitaba a reflexionar sobre algo tan importante como lo son las relaciones sentimentales. En el detalle, en los soliloquios y en los fantasmas de los protagonistas es donde realmente se desplegaba el amplio abanico de matices psicológicos. Estos fueron los pensamientos clave que transmitía la pieza en aproximadamente sesenta minutos. Y todo ello en un logrado excurso a la actualidad sin falsas pretensiones ni alardes de novedad.

Schneekloth  (Cartelera Turia, Abril 2008

"ALES Allò que realment desitgem acaba succeint proporciona una hora de relajada armonía entre espacio, tiempo, interpretación y música. Una bella rareza."

Carlos Gil Zamora (Artez 123, 07/2007)